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"EL PERIÓDICO" 18/10/2005
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"EL PERIÓDICO" 18/10/2005
PIRAÑAS
La aparición de fauna amazónica en el río Ebro demuestra diversas teorías, entre ellas la de que el pez chico se acaba comiendo al gordo
La aparición de pirañas en el Bajo Ebro, allá por los embalses de Mequinenza y Ribarroja, cerca de las áreas de baño, demuestra diversas teorías: la globalización, el recalentamiento planetario y el viejo adagio de que el pez chico se acaba comiendo al gordo. ¿Quién nos asegurará, a partir de ahora, que no hay pirañas en el Huerva, en el Gállego, o que un buen día, al abrir el grifo de la cocina, no nos vaya a asomar el colmillo de un caimán?
La piraña, hasta hoy, pertenecía al dominio de la literatura de aventuras, de las gestas amazónicas, de las películas de serie B, pero ya la tenemos aquí, viva y activa, como un día no tan lejano se nos aclimató el siluro, y como a no mucho tardar nos recriará el aligator, el armadillo, el canguro o el pingüino polar, que se está quedando sin hábitat y pronto emigrará hacia el sur.
No conocíamos, tan de cerca, tan a mano que casi nos muerde, a la auténtica piraña subtropical, pero sí a otros depredadores de agua dulce que, mediando el valle del Ebro, han sobrevivido y hasta hecho fortuna a costa de atacar en bandadas a peces más poderosos, hasta dejarlos en la espina, boquiabiertos y mudos frente a su agresiva y envolvente ingratitud.
Estas pirañicas de Aragón, cómodamente instaladas en los remolinos y fangos del río administrativo, nunca pasan hambre. Aquí viven bien, pues se alimentan de los despojos y migajas del maná público, del plancton de dietas, suplementos y concesiones de las que está hecha la vida institucional, o de las adjudicaciones que flotan sobre las aguas turbulentas de la corriente oficial del presupuesto contable. Siendo cientos, o miles, no paran de crecer, aunque a menudo, haciendo buena la leyenda de su crueldad, se devoren entre ellas, se sacrifiquen y consuman para evitar que prolifere su número por encima de las reservas de la corrupción consentida.
Hay pirañas, muchas, en los partidos políticos, y es allí, en esos arroyos selváticos, donde más y mejor engordan, y donde enseguida aprenden a utilizar las mandíbulas en pro de su propia supervivencia. Rodean a los grandes peces, o a los peces gordos, escoltándolos en su majestuoso navegar, pero cuando tan selectos ejemplares duermen, ellas, las pirañas, que jamás lo hacen, por no perder el tiempo, les arrancan una escamita, un trocito de cola, acusando después a otras especies de haber sido ellas. La amistad, para estos sórdidos acompañantes del poder, es sólo una forma de entender el progreso personal, ese lento desarrollo hacia el control y dominio del río; la generosidad o el honor, tan sólo decadentes mitos procedentes del tiempo en que el Señor había creado a los pájaros y a las aves, pero todavía no a las pirañas.
Hay pirañas, también, y de qué calado, en el mundo del parné. Tantas, que uno tiene más posibilidades de sobrevivir en el verdadero Amazonas que en el parqué de la Bolsa. Pero estas pirañonas enriquecidas a base de innobles trapicheos, de traficar con información privilegiada, de comerse un presidente, un consejero, y hasta a un tiburón financiero, son difíciles de sorprender, pues encubren su naturaleza depredadora y, en lugar de en los proletarios embalses, prefieren habitar en climatizadas piscinas.
La aparición de fauna amazónica en el río Ebro demuestra diversas teorías, entre ellas la de que el pez chico se acaba comiendo al gordo
La aparición de pirañas en el Bajo Ebro, allá por los embalses de Mequinenza y Ribarroja, cerca de las áreas de baño, demuestra diversas teorías: la globalización, el recalentamiento planetario y el viejo adagio de que el pez chico se acaba comiendo al gordo. ¿Quién nos asegurará, a partir de ahora, que no hay pirañas en el Huerva, en el Gállego, o que un buen día, al abrir el grifo de la cocina, no nos vaya a asomar el colmillo de un caimán?
La piraña, hasta hoy, pertenecía al dominio de la literatura de aventuras, de las gestas amazónicas, de las películas de serie B, pero ya la tenemos aquí, viva y activa, como un día no tan lejano se nos aclimató el siluro, y como a no mucho tardar nos recriará el aligator, el armadillo, el canguro o el pingüino polar, que se está quedando sin hábitat y pronto emigrará hacia el sur.
No conocíamos, tan de cerca, tan a mano que casi nos muerde, a la auténtica piraña subtropical, pero sí a otros depredadores de agua dulce que, mediando el valle del Ebro, han sobrevivido y hasta hecho fortuna a costa de atacar en bandadas a peces más poderosos, hasta dejarlos en la espina, boquiabiertos y mudos frente a su agresiva y envolvente ingratitud.
Estas pirañicas de Aragón, cómodamente instaladas en los remolinos y fangos del río administrativo, nunca pasan hambre. Aquí viven bien, pues se alimentan de los despojos y migajas del maná público, del plancton de dietas, suplementos y concesiones de las que está hecha la vida institucional, o de las adjudicaciones que flotan sobre las aguas turbulentas de la corriente oficial del presupuesto contable. Siendo cientos, o miles, no paran de crecer, aunque a menudo, haciendo buena la leyenda de su crueldad, se devoren entre ellas, se sacrifiquen y consuman para evitar que prolifere su número por encima de las reservas de la corrupción consentida.
Hay pirañas, muchas, en los partidos políticos, y es allí, en esos arroyos selváticos, donde más y mejor engordan, y donde enseguida aprenden a utilizar las mandíbulas en pro de su propia supervivencia. Rodean a los grandes peces, o a los peces gordos, escoltándolos en su majestuoso navegar, pero cuando tan selectos ejemplares duermen, ellas, las pirañas, que jamás lo hacen, por no perder el tiempo, les arrancan una escamita, un trocito de cola, acusando después a otras especies de haber sido ellas. La amistad, para estos sórdidos acompañantes del poder, es sólo una forma de entender el progreso personal, ese lento desarrollo hacia el control y dominio del río; la generosidad o el honor, tan sólo decadentes mitos procedentes del tiempo en que el Señor había creado a los pájaros y a las aves, pero todavía no a las pirañas.
Hay pirañas, también, y de qué calado, en el mundo del parné. Tantas, que uno tiene más posibilidades de sobrevivir en el verdadero Amazonas que en el parqué de la Bolsa. Pero estas pirañonas enriquecidas a base de innobles trapicheos, de traficar con información privilegiada, de comerse un presidente, un consejero, y hasta a un tiburón financiero, son difíciles de sorprender, pues encubren su naturaleza depredadora y, en lugar de en los proletarios embalses, prefieren habitar en climatizadas piscinas.
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